Jacinto Calvo López nació en Viveiro (Lugo) el 4 de junio de 1903 y vivió 90 lúcidos años; a través de su trayectoria vital se puede contar casi un siglo de historia política.

Vivió dos monarquías y otras tantas dictaduras, la segunda república, la cruel guerra civil, la transición y la ansiada democracia. No fue Jacinto Calvo un espectador a la espera de acontecimientos, bien al contrario, fue un trabajador afanoso que siempre luchó por la libertad, un político entusiasta y un ciudadano comprometido.

Quien llegaría a ser el grano referente del socialismo lucense -senador en la democracia que tanto anheló- ingresó en el Partido Socialista en octubre de 1931, recién nacida la Segunda República.

En este período concurrió dos veces a las elecciones como candidato al Congreso de los Diputados y, tras comicios celebrados el 16 de febrero de 1936, fue elegido compromisario para la elección como presidente del gobierno de Manuel Azaña, quien en menos de tres meses pasaría a ser presidente de la República dejando el gobierno en manos de un político gallego, Santiago Casar Quiroga.

Al mismo tiempo, mantenía en Lugo una actividad política incesante, primero como secretario de la agrupación local y más tarde ya como secretario general del partido socialista en la provincia.

Esta etapa no estuvo libre de sobresaltos, alguno desagradable, como la detención que sufrió, acusado de ser uno de los presuntos instigadores de la Revolución de Asturias de 1934 (si bien es cierto que, a decir de algún historiador, llegaron a miles las personas detenidas por  estos acontecimientos).

Pero, por el contrario, tuvo la oportunidad de participar en un evento histórico: La elaboración del primer Estatuto de Autonomía para Galicia. Junto con Manuel Cobas Rodríguez representó a la provincia de Lugo, al partido socialista y a la UGT en las negociaciones del proyecto del Estatuto, aprobado por el pueblo gallego el 28 de junio de 1936 en un referéndum en el que participó el 74,5% del censo, con más de 993.000 votos a favor y 6.161 en contra.

El proyecto fue entregado en las Cortes Generales el 15 de Julio de 1936 y admitido a trámite en Febrero del 37, en plena guerra civil. La guerra truncó el estatuto, como truncó la vida de muchas personas y las ilusiones de un país entero.

En el caso de Jacinto Calvo, el sueño del Estatuto de Autonomía dio paso a la pesadilla del exilio. En julio de 1936 el político lucense era presidente de la Casa del Pueblo y secretario del Partido Socialista en Lugo, cargos a los que había accedido dos años atrás. Tras recibir noticias del alzamiento militar, el día 18 se acuartelaron las tropas en Lugo; al día siguiente estallaron varias bombas en la ciudad. Paralelamente, Díaz y Díaz Villamil, Rafael de Vega Barrera y Jacinto Calvo organizan la resistencia, intentando concentrar en la capital a grupos de milicias del Frente Popular de la provincia.

Pronto comprobarían que el esfuerzo resultaba inútil. Calvo advirtió a sus colegas y amigos de las posibles represalias, lo que no evitó que hubiese perdido tragicamente a alguno de ellos, como a Rafael de Vega, fusilado poco tiempo después.

Él incluso se vio obligado a abandonar el país y a permanecer exiliado durante catorce años, casi todos en Portugal. No pudo regresar hasta 1951.

La dictadura censuró el pensamiento y las ideas se tornaron clandestinas. Pese al abandono de la vida pública (que no del ideario político) impuesto por el régimen franquista, el político lugués seguía en plena forma cuando, en la transición, pudo por fin trabajar de nuevo para restaurar el sistema democrático.

En las elecciones constituyentes de 1977 formó parte, junto con Ramón Piñeiro e Isaac Díaz Pardo, de la lista al Senado propuesta por la Candidatura Democrática Gallega. Jacinto Calvo volvía a la política activa, tenía 74 años y albergaba la intención  de ocupar un cargo  institucional.

En los comicios del 28 de octubre de 1982 se convirtió en el primero socialista lucense en ganar una acta de senador. Además, tuvo la honra de pronunciar el discurso de apertura de la legislatura en el Senado, como presidente de la mesa de edad en la sesión constituyente.

Repitió cargo en las elecciones de junio de 1986, e igualmente le correspondió presidir la mesa de edad e inaugurar la legislatura en la Cámara Alta.

Para entonces, Don Jacinto era toda una figura en la ciudad en la que había transcurrido la mayor parte de su vida.

Manuel Calvo, el padre de Jacinto, había trabajado de joven en la ciudad de Lugo en una dulcería; luego marchó a Viveiro, donde nació Jacinto, pero la familia volvió a la capital cuando este tenía 3 años. Don Manuel compró el establecimiento en el que había estado empleado, que pasaría a llamarse Confitería Calvo y estaba ubicada, naturalmente, en la calle de las dulcerías, oficialmente calle Doctor Castro. En el taller de la pastelería trabajaron Jacinto y sus nueve hermanos. Se jubiló con 70 años y nunca ejerció otra actividad profesional.

El oficio no fue el único legado del padre. Manuel Calvo militaba en el Partido Republicano y en más de una ocasión llevó al niño Jacinto a las reuniones del Centro Obrero, en una casa de la plaza de Campo Castillo.

En la juventud continuó frecuentando los ambientes ideológicos de izquierda, y no tardó en compaginar su trabajo en la pastelería con el trabajo social y político, a los que  dedicaría prácticamente toda su vida.

Jacinto se casó con Olga Sánchez, hija de un republicano también represaliado. Desde que la conoció, Olga fue un pilar fundamental de su existencia, y así lo revelaba él con franqueza en numerosas entrevistas en las que deslizaba con naturalidad elogios para su doña, la compañera ideal que supo estar siempre a la altura de las circunstancias.

En todas sus facetas, igual en el taller que en el partido, en la calle o en la multitud de actos políticos, sociales y culturales a los que asistía, Jacinto Calvo se mostraba próximo y afable e iba cultivando amigos de la más diversa índole, edad y condición.

En 1983 los periodistas de Lugo lo nombraron “Lucense del año”. Las crónicas de aquella última etapa dan idea de la nota de ejemplaridade que había conseguido su figura. Son muchos y variados los elogios que recibe desde los medios de comunicación, pero sobre todos destaca uno que se repite invariablemente y que lo presenta, tras más de medio siglo en la vida pública, como un ejemplo de integridad personal y política.

La vida aún le proporcionaría una reparación más sustancial. Jacinto Calvo tuvo la oportunidad de residir, en los últimos años, en la calle Rafael de Vega. El callejero amparó el reconocimiento de Lugo al médico lucense; un valioso desagravio en la honra del político represaliado, aunque un escaso consuelo por el amigo perdido.

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